"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora". Proverbio hindú.
"Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía". José Vasconcelos (1882-1959) Filósofo, educador y político mexicano.

sábado, 4 de febrero de 2012

El árbol de la palabra

Dicen que en un país muy lejano, en un precioso valle, existía un pueblo rodeado de bosques que, como todos los pueblos, tenía una plaza.
Dicen también que en el centro de la plaza había un árbol enorme que todos conocían como el ARBOL DE LA PALABRA.

Cuentan que los niños y las niñas del pueblo, al atravesar cada día la plaza para ir a la escuela, se preguntaban de dónde venía su nombre.
Se lo preguntaron a la maestra, pero no pudo contestar porque, cuando ella nació, el árbol ya estaba allí.
Tenían tanta curiosidad que un día la profesora les invitó a que preguntaran a sus padres y madres, a sus abuelos y abuelas y a todas aquellas personas que podrían conocer la procedencia de un nombre tan extraño para un árbol.
Todos los niños y niñas se entusiasmaron con la idea porque ya sabéis que a todos los niños y niñas del mundo les encanta investigar. 
Imaginaros cuál sería su sorpresa cuando comprobaron que ni los padres, ni las madres, ni los abuelos, ni las abuelas, ni nadie en el pueblo podía sacarles de la duda porque también, cuando ellos nacieron, el árbol estaba allí. 
Cuentan que un día, uno de los ancianos del pueblo se sentó bajo el árbol, en busca de alguna señal que les aclarase el misterioso nombre. No la encontró, pero sí comprobó que a su alrededor se habían ido sentando otras personas que ni siquiera se conocían entre sí, ni sabían cómo se llamaban y que hablaban unas con otras, contándose mil cosas.
A partir de entonces, cuando alguna persona necesitaba que alguien le escuchara, acudía al centro de la plaza porque sabía que siempre encontraría bajo el árbol a algún vecino o vecina con quien hablar.
Poco a poco, el tiempo pasó y dejaron de preguntarse por el origen del nombre, porque descubrieron que a la sombra del árbol podían hablar, ser escuchados y compartir todo aquello que les preocupaba.
Cuentan también, que al conocerse la noticia todos los pueblos de los alrededores plantaron un árbol en el centro de sus plazas y que, a partir de entonces, en todo el valle y en cada uno de esos pueblos existe un lugar donde la gente se reúne para DIALOGAR.

Publicado por Isabel Muñoz Martínez e Isabel Gavilán Villarejo en www.aulaintercultural.org.

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